El 17 de febrero el Museo Thyssen inaugura la exposición Hammershøi, El ojo que escucha, la primera retrospectiva en España dedicada al resurgido artista danés.
Quietud, calma, introspección, son algunas de las sensaciones que provoca la contemplación de la obra de Vilhelm Hammershøi. Obra que ahora se expone ahora en el Museo Thyssen hasta el próximo 31 de mayo en la exposición Hammershøi, El ojo que escucha comisariada por Clara Marcellán.
Esta exposición, compuesta casi por un centenar de obras, supone una cuidada muestra del trabajo del artista y ofrece una variada y completa visión de su trayectoria artística: arquitectura, retratos, naturaleza pero especialmente sus hipnotizantes interiores domésticos.

Vilhelm Hammershøi nació en Copenhague en 1864 en el seno de una próspera familia de comerciantes.
Siendo un niño, con 8 años, inició sus estudios de dibujo llegando a formar parte de la Real Academia Danesa de Bellas Artes con tan sólo 15 años.
Discípulo de pintores daneses románticos que lo iniciaron en el paisajismo o las escenas de vida cotidiana como Kyhn y Krøyer, no tardó en alcanzar un notable éxito que tras su muerte fue diluyéndose debido a la irrupción de las vanguardias.
Hammershøi, El ojo que escucha se llevada a cabo con la colaboración de la Galería Nacional de Dinamarca y consigue recalar en España el trabajo de este revalorizado artista que sólo en contadas ocasiones ha pasado por nuestro país. La muestra además, se completa con una selección de obras de aristas afines que ayudan a comprender y elevar el trabajo del pintor.
El subtítulo de la muestra, “el ojo que escucha”, remite a la relación metafórica entre su pintura, el silencio y la aparente calma que transmite, y el interés del artista por la música.

Escenas de vida cotidiana en interiores urbanos domésticos. Así podríamos sintetizar lo mejor de su obra, pero al fin y al cabo, sólo son palabras.
Las sensaciones, las que él produce: quietud, calma e interioridad, es lo que de verdad importa, es ahí donde reside su don.
La aparente sencillez de su trabajo no debería distraer la atención de la profunda belleza y técnica que esconden sus obras.
Un magistral uso de la luz, un Sorolla danés, que plasma atmósferas silentes, en las que hasta las motas de polvo suspendido encuentran su lugar, la limitada paleta de colores de las que hace uso el artista o la capacidad para colocar al observador dentro de la propia escena, son sólo algunos de los aspectos que, afortunadamente, vuelven a situar la obra de Vilhelm Hammershøi en el lugar que merecen.






