A escasas semanas de dar la bienvenida a la primavera, reflexionamos sobre la necesidad de su llegada, lo que supone, así como las sensaciones que transmite. Un renacer natural, otra nueva oportunidad, ojalá no se limitase solamente a las plantas.
Este invierno se está haciendo más duro que cualquier otro que recuerde. Quizás sea porque esta estación consiguió ganar espacio al otoño y se nos coló semanas antes de la fecha marcada en el calendario. Puede ser también, que la sucesión de temporales y borrascas tengan buena parte de la culpa o los acontecimientos varios que han sucedido y que parece no nos dan tregua.
Este invierno está resultando demasiado largo y necesitamos empezar a ver la luz, literal y figuradamente.
Hay personas a las que la falta de horas de luz en invierno les pasa factura, me incluyo. Menos luz, menor dosis de vitamina d y de manera inversamente proporcional, mayor apatía, tristeza o irritabilidad. Si a esto sumamos la concatenación de borrascas que hemos sufrido, el resultado puede ser catastrófico.
No falla, llega febrero y parece que las reservas de vitamina d y buen humor encienden las alarmas, se ponen en rojo y claman la llegada del buen tiempo. Aguanta un poquito más, ya casi estamos, a veces me parece oír estas palabras retumbando en mi interior.
Con marzo llega la esperanza y comienzas a sentir las señales de la inminente llegada de la primavera. Poco a poco los días se vuelven más largos, bendita sensación la primera vez en el año en la que te das cuenta que el día está ganando minutos a la noche. Sublime.
Luego, las plantas salen de sus letargos. Tímidos brotes, nuevas hojas y florecen las más adelantadas. El árbol del amor ya está en flor, podría pasar horas mirándolo, menuda belleza ¡qué color el suyo! Luego caerán y sus hojas en forma de corazón harán acto de presencia.
Algunos naranjos comienzan a motearse de azahar, todavía es pronto, casi un susurro pero pronto, cuando empiece a caer el día y los vencejos den inicio a su característica danza de recogida tendremos la gloriosa suerte de recibir una bocanada de su aroma. Otra señal.
Y entonces sí, ya será primavera, aunque queden semanas, ya estará aquí con su templanza, su vida, su alegría, su promesa.
El resurgimiento de la naturaleza que supone la llegada de la nueva estación también se hace presente en nosotros, en unos más que en otros ( me vuelvo a incluir en el grupo del sí), nos cambia la cara incluso, tenemos más luz, estamos más vigorosos, más presentes.
Y estas sensaciones físicas llevan a aparejadas otras, psicológicas quizás, que nos transmiten ganas, energías renovadas, nos apetecen inicios y nos retan las nuevas oportunidades. La sensación de estar a tiempo de reconducir nuestros caminos es real.
La primavera es un renacimiento en toda regla.
¿ Te imaginas la vida si fuésemos capaces de extrapolar más allá de nuestro ámbito personal este renacimiento primaveral, si como sociedad, como colectivo, consiguiéramos funcionar como lo hace la naturaleza?
Hacer una suerte de borrón y cuenta nueva, como hacen los bulbos, como hacen las aves, como hacen las hormigas, como hacen las glicinas o los caracoles ¿No sería acaso toda una suerte?
Resurgir como Venus, arrastrada por las olas a la orilla mientras el viento se lleva lo que nos sobra, lo que nos afanamos en revivir aunque tengamos la certeza que todo quedará arrasado, dañado y herido.
Ojalá el renacer no se limitase solamente a la naturaleza y también implicase a todos y cada una de las personas que habitamos este planeta, falta nos hace.



