Llevo años identificando en mí una especie de amor-odio con la red social Instagram. Es una sensación ambivalente que me atrapa y desprecio a partes iguales. Este inicio de año he decidido reajustar los términos de nuestra relación, te cuento por y para qué.
El amor-odio por Instagram es algo sobradamente conocido y creo que todos lo sufrimos en alguna medida. Personalmente me afecta, soy una persona muy sensible a los estímulos visuales e Instagram y su algoritmo conocen demasiado bien mis gustos.
Hace unos días hablaba con mi hermano sobre este tema y coincidíamos en que el nivel de saturación mental que alcanzamos después de entrar en la aplicación es muy intenso pero mientras que estás haciendo scroll visualizando aquello que te gusta, ejerce sobre ti una fuerza poderosa a la que es difícil resistirse ( está diseñada para ello, no nos engañemos pensando que se creó para hacer más placentera o creativas nuestras vida, nada más lejos de la realidad.)
Instagram se ha convertido en un recurrente ante el aburrimiento, los tiempos de esperas, en la doble pantalla mientras ves una peli, en la causa del tercer mamá de tu hijo y eso, es triste y da mucho que pensar.
Llevo tiempo poniéndome límites en su uso.
De un lado está la limitación horaria que puedes establecerte. De otro, mis propias normas, como tomar el primer café del día alejada absolutamente del teléfono y dejarlo por la noche fuera de uso unas dos horas antes de dormir. Además, trato de respetar el tiempo en el que estoy con la familia y amigos. Es más, me estoy convirtiendo en una señora que gruñe si te pones a mirar tu teléfono en su compañía.
También me obligo a no recurrir al teléfono en los tiempos de espera. Hoy por ejemplo, iba en el metro y miraba a mi alrededor, un 80% de las personas que había estaba enfrascada en su micromundo digital.
Aún así hay días que consulto mis datos de bienestar digital ( que puedes encontrar en los ajustes de tu teléfono y te indica el tiempo invertido cada día en cada aplicación de tu móvil) y me asusto.
Me niego a fomentar esta recurrencia, por no llamarla dependencia, hacia un teléfono móvil, más en concreto hacia Instagram.
Si crea esa dependencia en personas adultas ¿Qué no hará en mentes infantiles y adolescentes? Aplaudo la decisión de Australia de prohibir las redes sociales a menores de 16 años, nadie está libre de su poder de atracción y mucho menos los más jóvenes.

Hasta ahora pensarás que mi relación es solamente de odio, de ambivalencia nada de nada. Pero no es así.
En Instagram sigo perfiles mayoritariamente creativos: decoración, arte, moda… y me encanta descubrir personas y cuentas que contienen tanto talento y saber.
De ahí la peligrosidad de Instagram, ves lo que te gusta, te muestra más de lo que te gusta, no sales de la pantalla y te pierdes la vida real.
Instagram también me ha supuesto un gran dilema con esta propia web de contenidos.
Protea Estudio nació con el objetivo de alejarte de un consumo rápido de información, de acercarte a temas que te interesen, que disfrutes y crezcas con ellos, que recuperes el placer de leer.
Pero ¿cómo doy a conocer Protea en estos tiempos? Principalmente con Instagram ¡Pero si lo que busco es exactamente lo contrario! Separarte de la fugacidad de esta red social…Un dilema para personas como yo que necesitan estar muy alineadas con lo que hacen.
Esta contradicción me lleva al bloqueo, dejo de publicar, dejo de escribir y dejo de contarte cosas porque creo que con ello no hago más que alimentar la rueda.
Pero la solución no pasa por tirar el móvil por la ventana o desinstalar Instagram, creo que la clave está en reajustar tu relación con los contenidos digitales. Yo lo estoy haciendo y me está empezando a funcionar.
La clave está en hacer uso de la tecnología y no que la tecnología nos use a nosotros.
Bajo este prisma, Protea sigue rodando porque creo firmemente en esta manera de comunicar y aunque mi número de seguidores nunca se convierta en lo esperado o esperable por algunos, yo seguiré fiel a mis principios y a mi forma de hacer las cosas, no me gusta la información de usar y tirar, yo hago uso de la tecnología, ella no me usa a mí, faltaría más.



