En un mundo que cada día se enfoca más en vivir de cara a la galería y buscando el beneplácito de los demás, nos preguntamos ¿Qué pasa cuando nadie nos ve? ¿Nos tratamos como tratamos a los demás? ¿Somos tan buenas anfitrionas de nosotras mismas como lo somos con los demás? Si no es así, deberíamos.
Me gusta escuchar entrevistas, desde pequeña además, supongo que mi esencia curiosa tiene gran parte de la culpa. Me apasiona saber qué piensa una persona, cuáles son sus recuerdos, su historia, sus miedos, sus intereses o qué es lo que le mueve. Me gusta ir más allá de la primera impresión como ya te habrás dado cuenta si eres lectora habitual de Protea Estudio.
Te cuento esto porque no son pocas las entrevistas en las que escucho que el protagonista en cuestión hace referencia a que se considera a sí mismo su peor enemigo o que nadie le habla tan mal como lo hace él. Tantas son las veces que lo he escuchado que empecé a observarme ¿Soy mi peor enemiga? ¿Qué tono estoy utilizando cuando me sorprendo hablando sola? Te diré que voy en la línea de los entrevistados e intuyo que también en la tuya.
La autoexigencia es un rasgo bastante común en todos nosotros. Nos reconocemos poco y nos agradecemos menos aún.
Los especialistas lanzan la siguiente pregunta ante estas dificultadas de autoexigencia ¿Hablarías así a tu mejor amiga? Es más que probable que no sea así, pues ahí tenemos la línea que no debemos cruzar.
Y este límite parece estar muy adecuadamente trazado pero ¿Cómo llevarlo a cabo en el día a día? ¿Cómo conseguir cambiar nuestro tono y discurso?
No creo que sea sencillo, quizás grabarte dicha pregunta a fuego y que salte cual resorte en tu primera embestida de reproches sea lo más efectivo pero a lo mejor hay formas más sutiles de ir cambiando nuestra perspectiva poco a poco, casi sin darnos cuenta.
Ir asimilando ese nuevo trato que hemos decidido darnos, ese autorespeto, siguiendo la senda del autoconocimiento y el mimo personal, podría ser un buen camino a tomar.
Con ello, no me refiero a rebajar nuestros estándares o relajar nuestros principios más arraigados, me refiero a convertirnos en la mejor de las anfitrionas de nuestras propias vidas.

Respetarnos, reconocernos, acogernos o facilitarnos como hacemos con aquellas personas que llegan a nuestro hogar, con mimo y cariño.
Considerarse anfitriona de tu propia vida es sólo una analogía que nos puede servir como punto de partida a todo un proceso que quizás pueda tomarnos toda la vida pero seguramente la cuestión irá rebajando intensidad a cada paso que demos.
Cuidarte por dentro y por fuera, dedicar tiempo a lo que te llena, convertir tu hogar en tu lugar en el mundo, un hogar que desprenda tu esencia o el sencillo gesto de vestir con intención, no para nadie, sólo para ti.
Tomar el café en la taza que pondrías a tu mejor amiga cuando llega a tu casa, vestir tu mesa un miércoles cualquiera, un ramo de flores frescas o dejar tu casa limpia y ordenada como si vinera a visitarte tu suegra, para nadie más que para ti, son sólo pequeños gestos que nutren el día a día y también la relación que tenemos con nosotros mismos.



