Entonces sí que era verano

Los veranos ya no son lo que eran, cuando era niña aquello sí que era verano. Siempre nos quedarán los recuerdos que nos marcaron y que dotaron de especialidad estos meses del año.

Te despediste de amigos y compañeros hasta el próximo curso y diste la bienvenida a los habituales del verano. Guardaste el reloj, ya no lo necesitabas, a partir de entonces tu vida se guiaba en base al sol, su presencia o ausencia y las sencillas rutinas que componían tu día, no vemos cuando termine Punky Brewster.

En aquella época la vida entera cabía en un verano. Eran veranos sencillos y lentos, sonaban a chicharras y sabían a Calippo de fresa.

Entonces se perdía la noción del tiempo, desconocías si era martes o domingo, bendita sensación que nunca más volverá. Los días eran largos, la vida también, todo era certero e inmutable. Los mayores tenían 16 años y los señores 30. Desconozco qué pensaría de mi edad actual en aquellos días, en realidad prefiero no saberlo.

Eran semanas de familia en las que tus primos se convertían en tu primera pandilla, eran los compañeros perfectos para las primeras salidas por las fiestas o verbenas del pueblo o la playa, los helados después de cenar o los juegos en las zonas comunes de los lugares de veraneo hasta altas horas de la noche, en aquellos veranos sí que hacía falta una sudadera.

Entonces era verano, tus primos mayores iban de avanzadilla y te iban mostrando el mundo que se antojaba tentador e ilusionante. Todavía recuerdo haber saltado desde un muelle del puerto al mar por emular a Kike y Alejandro, aquello fue todo un derroche de valentía por mi parte, quería pertenecer al grupo de los mayores.

En aquellos veranos tu abuela era la que cocinaba y los tomates todavía sabían a tomate. También era quien financiaba tu ocio; las chucherías, los paquetes de patatas, los cacharritos o los juegos varios del paseo marítimo siempre corrían por su cuenta. Creo que iré ahorrando porque con esta melancolía galopante que llevo, seré presa fácil para mis nietos y bien que me gustará.

Los objetivos del verano eran conseguir tirarte de cabeza y bucear largos infinitos hasta que tus pulmones consumían la última gota de oxígeno.

Durante aquellos veranos los ojos viraban a rojo, el pelo a rubio, la piel se teñía de dorado y los pies de negro.

De vez en cuando llegaba una carta a tu buzón o una postal de tu compañera de pupitre que daba señales de vida desde su destino estival y entonces sentías una extraña conexión con esa realidad que poco a poco se había hecho difusa entre las olas de la orilla e ibas dejando atrás con cada nueva carrera en bicicleta.

Las pelis se veían en sillas de hierro y bajo las estrellas, rara vez era un estreno pero lo disfrutabas igual. Las noches que tocaba quedarse en casa, la familia entera jugaba a las cartas, se tomaba el fresco entre jazmines y damas de noche para absorber como una esponja toda la información familiar que los mayores tuvieran a bien compartir.

Hasta entonces sí que era verano pero un año algo cambió, empezaste a saber el día en el que vivías y luego llegó todo lo demás.

Se acabaron las Vacaciones Santillana, se acabaron los relevos en la piscina y se acabó el escondite después de cenar. Llegaron otras cosas, sí, otros tipos de veranos muy divertidos también, a cada edad toca lo que toca pero esos primeros veranos…ainsss, esos veranos.

Últimamente me encuentro volviendo a ellos con frecuencia.

Vuelvo a casa de la tía Nico en la playa, vuelvo a la celebración del santo de mi abuela el 2 de agosto, vuelvo a los castillos inflables con Carlos y Alejandro, al trampolín de María o a los campamentos con Celia y Montse.

Vuelvo ahí porque los veranos de mis hijos son ahora esos veranos y adoro volver a vivirlos con ellos. Esta vez en segunda fila, quieta y en silencio pero ahí, siendo consciente de los grandes recuerdos que están construyendo, de la suerte que tienen de pedalear bien fuerte en sus bicicletas, de tirarse de bomba con sus amigos o de esperar con ansia la llegada de sus primos para una nueva primada.

Los vuelvo a vivir, los vuelvo a disfrutar, los vuelvo a saborear, los suyos y los míos porque los recuerdos están ahí para volver a ellos y deleitarse, emocionarse y seguir viviendo eso que aún tan lejos en el tiempo sigue tan reciente en tu corazón.

Feliz julio, feliz verano.

Cuestión de Tiempo
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