El gran paréntesis

Hay momentos en la vida en los que el tiempo parece detenerse. Agosto es uno de esos momentos, o al menos lo era.

Se cierran agendas, se echan persianas y se rebajan expectativas, agosto baja el ritmo de nuestras vidas y nos ralentiza. Nada es tan urgente, cualquier cosa puede esperar 4 semanas más, total, tampoco es tanto tiempo. Un paréntesis, el gran paréntesis.

Se encogen los círculos sociales y se crean nuevas viejas rutinas que sólo duran 30 días de 365. Cambiamos el menú, cambiamos los horarios de sueño, cambiamos hasta el armario, aparecen las prendas que están reservadas a estos días de estío.

Agosto es un placer, o al menos lo era.

Porque la realidad es que ya no es así. Todo está a medio gas, sí pero seguimos conectados, el mundo sigue girando, los plazos siguen corriendo, las prisas no desaparecen y las exigencias tampoco.

Tu círculo social en vez de reducirse se multiplica, los estímulos también y los planes se suceden en tu agenda con más intensidad que los últimos 6 meses del año.

Agosto ya no es el gran paréntesis que siempre ha sido y debería seguir siendo.

Debería, y quien dice agosto dice cualquier periodo vacacional que se precie. Unas auténticas vacaciones necesitan sosiego, calma, aburrimiento, la tranquilidad para escuchar chicharras o la distracción al mirar las sombras de los árboles.

A veces, charlo con personas que me cuentan sus planes de verano entre emocionados y aterrados. Siendo plenamente conscientes que las vacaciones los dejarán exhaustos, que los roces familiares se elevarán al cubo, que el desembolso será faraónico y el coste doméstico en forma de lavadoras posteriores acarreará más desgaste que una cuesta de enero.

Solo escucharlos hace que me sienta cansada. Del norte al sur, del sur a un destino internacional, del destino internacional a la capital del país, de ahí a conciertos y reservas de restaurantes, para volver al norte o al sur y rematar. Agotador.

Las vacaciones no deberían necesitar unas vacaciones posteriores para reponer de tanto ajetreo.

¿En qué momento nos complicamos tanto la vida? ¿En qué momento necesitamos como sociedad ese nivel de actividad para disfrutar de las vacaciones? ¿Por qué no nos conformamos con menos? ¿Por qué no somos capaces de hacer simplemente nada? Vacaciones productivas, en contraposición Dolce far niente que dirían los italianos.

30 días seguidos del placer de no hacer nada. Eso sí que sería un verdadero reconstituyente.

No hago nada, duermo lo que el cuerpo necesite. No hago nada, escucho los silencios del anochecer. No hago nada, observo las estrellas. No hago nada, entierro los pies en la arena. No hago nada, miro a los ojos a quien tengo delante. No hago nada, saboreo un tomate. No hago nada, descubro las rutinas del pájaro que habita el árbol que hay frente a mi ventana…

A veces siento pleno convencimiento de que si eso fuera realidad, muchos de nuestros problemas quedarían reducidos a cenizas. Dejaríamos de necesitar suplementos, medicaciones, meditaciones, fisios… El cuerpo necesita tiempo, sus tiempos y solemos tenerlo en límites de manera habitual.

Por eso, desde este modesto artículo, apremio a una reflexión ¿Soy capaz de dejar la productividad aparcada al menos 30 días? ¿Necesito tanto para ser feliz?

Quizás sí y sea yo quien esté equivocada. Puede ser que mi modelo lento de vacaciones sea una pérdida de tiempo y no esté disfrutando la vida como merece.

Puede ser, modelos de vacaciones son tanto como modelos de personas. Sólo espero no escuchar tantos «necesito unas vacaciones para reponerme de las vacaciones» cuando llegue septiembre como llevo escuchando desde hace ya unos años.

Cuestión de Tiempo
La newsletter de Protea Estudio