
La trama de la vida humana se compone de hilos que vienen del pasado entretejidos por otros formados por el presente. Desperdigados entre nosotros, todavía invisibles, están los del futuro.
El presente eterno – Sigfried Giedion
Cuando era niño, mi padre me planteaba una adivinanza en la que me preguntaba de qué manera se podía mirar al pasado. La respuesta era mirando al cielo, observando la luz de una estrella, porque es una luz que se emitió hace millones de años, y que nos llega ahora. Una luz que quizás ya no exista, pero que aún conseguimos ver. El eco de un recuerdo. Una ausencia perceptible.
Hace poco, escuché a alguien decir en una entrevista, que el arte, realmente, no tiene por qué servir para algo concreto. De hecho, decía que era una cosa fundamentalmente inútil. Percibí algo de levedad en sus palabras, y en el hecho de que algo no tiene por qué significar nada más allá de lo que cada uno quiera ver.
En los días que corren, veo cierta levedad en la incertidumbre. El alivio de no tener que saber ni responder ante una circunstancia, ni tener una opinión determinada y fija -ni buena, ni mala, ni razonable, ni emocional- sobre las cosas. Habitar temporalmente la incertidumbre, lo que carece de nombre, de forma, pero aún así, percibimos. Una incertidumbre que mantiene viva la posibilidad.
En cualquier caso, sí creo que el arte, debe ser un lugar accesible donde poder verse -o descubrirse- a uno mismo.
Personalmente, uno de esos espacios donde se acorta la distancia de algunas partes de mi ser con el resto, es sin duda, la obra de Edward Hopper.

Pintor americano de la primera mitad del siglo XX, uno de los grandes referentes del realismo americano que, a través de sus pinturas, cuestionaba el modelo hacia el cual se dirigía la sociedad occidental de la época. Grandes ciudades, industrialización, grandes distancias acortadas, la separación del ser humano de la naturaleza (y de la suya propia)… No parecía equivocarse demasiado proyectando esta problemática sobre el lienzo.
En sus obras, Hopper consigue aislar a los protagonistas de su experiencia espacial, y hace partícipe al espectador con los planos y puntos de vista que utiliza para representar las escenas, y eligiendo el momento exacto de una situación en la que parece no pasar nada, pero sucede todo.
Es paradójico que en una modernidad que nos prometía un sentimiento de comunidad y conexión cada vez mayor, haya quien experimente una tan clara sensación de soledad y distanciamiento con su contexto.
Si bien es cierto que una soledad no deseada puede ser incómoda, sea cual sea la naturaleza de ese aislamiento, me parece un buen punto de partida para relacionarse con la incertidumbre y la espera.
En la espera también se encuentra el aprendizaje para hacerlo. La quietud, la observación, la reflexión, la aceptación de la incertidumbre y desde ahí, determinar el rumbo de la acción. Tomar distancia, expandir el perímetro, para acercarse al centro.
Hay una obra de Hopper en concreto ante la que siempre me detengo cuando visito el Thyssen. Ese cuadro es Habitación de hotel, obra realizada en 1931 por el pintor americano.
Una de los aspectos de la pintura de Hopper que me atrapa es cómo la quietud convierte en eterna la escena. En sus escenas hay incertidumbre por lo que vendrá, y nostalgia por lo que se fue. Decía Kundera que la nostalgia lo baña todo de belleza, incluida la guillotina.
Pero a pesar del anhelo y la duda, también encuentro una sensación de recogimiento y confianza que me atrapa en cada una de las escenas. Viajes en tren, personas habitando en soledad cafeterías, habitaciones de hoteles, estaciones de gasolineras… perderse en una cotidianeidad para poder encontrarse.

Maletas por deshacer, zapatos en el suelo, la ropa en el sillón y una mujer leyendo una carta. Quizás acaba de leerla, o quizás es el motivo que le ha hecho huir.
Esta obra siempre me evocó cierta incertidumbre. Un tiempo sostenido. Una transición, una despedida. También un comienzo, hay algo especial en los comienzos. Una promesa de futuro que aún no se ha encontrado con su presente. Cristales aún por romper. Una espera eterna que convierte todo en posible antes de que la expectativa lo convierta todo en pretérito perfecto.
En este cuadro vemos a alguien en transición, que acaba de llegar o que está a punto de irse. O ambas.
La instantánea captura el momento preciso de un punto de inflexión.
El boceto de un instante que carece, todavía, de una forma definida. Un recuerdo y un quizás. El sonido de un eco de una casa vacía. Una geometría perdida y el latido de una ausencia que decide quedarse, y a la que se pertenece. Un sentir de memoria. La metafísica de una despedida, que contiene intrínsecamente un comienzo.
La espera proyecta una idea, la cual marca el camino a seguir. Una derrota marcada por la expectativa. La espera es un estado de la quietud, y en ésta, habita la posibilidad.
Posibilidad de elección, posibilidad de ser.
La quietud es la espera hecha instante, eterna. Es un instante que no tiene dirección ni tiempo. Un punto de estabilidad, donde las fuerzas que deforman la percepción del contexto se equilibran. En ese punto marcado (a)temporalmente por la quietud se muestra uno más consciente de la realidad a la que pertenece.
Derrota (def) (Conexión entre pasado, presente y futuro)
- Camino, vereda o senda.
- El peso del olvido.
- Convivencia con la renuncia.
- El punto de fuga.
- Camino de ida.
- Un dibujo sin boceto.
- Atender al ruido ensordecedor del recuerdo.

La obra de Hopper nos ubica en un contexto marcado por los hilos enredados entre el pasado y el futuro que da como resultado el instante preciso de la escena pintada por el artista americano.
Una película, todavía sin final, contada a través de una sola escena. Propuesta por el artista, completada por todos nosotros. La quietud, un instante en el que toda acción es todavía posible.
Esa luz está viajando
todavía por el espacio.
Algún día llegará.




