Después de años renegando del menaje del hogar de nuestras abuelas, aquel que nadie quiso y acabó en la beneficencia o un contenedor, parece que por fin comenzamos a apreciarlo como merece, a darle su lugar. Hemos aprendido que el verdadero lujo era esto.
Debo decirte que este cambio de paradigma que estamos viviendo no me aplica. Sinceramente, llevo años escuchando que sufro de Diógenes. Aquellas historias entre personas y objetos que llegaban a su fin siempre encontraban en mí la posibilidad de un nuevo inicio.
No creo que tuviera más de 15 años cuando mis abuelos se mudaron a una casa con ascensor dejando su piso a escasos metros de la catedral de Sevilla. Entonces hubo que vaciar toda una vida. Esa casa llevaba más de 65 años con ellos y fue un proceso doloroso para todos pero necesario.
Se repartieron muebles, se donaron enseres y alguno que otro acabó abandonado en esa casa esperando la decisión del próximo que llegase.
Eso fue exactamente lo que ocurrió con un ropero que siempre me había gustado. Precioso, pequeñito, cuadrado, con una luna gastada en su única puerta. Un ropero que a mi corta edad pedí pero que fue imposible quedarme porque estaba infestado de carcoma. En aquellos días no conocíamos eso del shock térmico y mi madre no se atrevió a meterlo en nuestra casa con los tratamientos habituales.
Entonces nuestra historia de amor terminó pero creo que asentó la base de lo que me une a muebles y objetos antiguos, me siento responsable de ellos.

Quizás viva muy apegada a ciertos objetos, no lo niego. Pero para mí, que mis hijos tengan el cabecero de la habitación de niño que mi abuelo compartió con su hermano es un lujo, desayunar en una taza que perteneció a mi abuela es un lujo, y que todos los días cenemos, hagamos los deberes, manualidades o juguemos en la mesa de comedor de una bisabuela de la familia, es un lujo. Que el buró en que estudia mi hijo sea en el que trabajó el abuelo de mi marido o que las láminas de adornan mi cocina fueran las que usaba mi padre en sus clases de dibujo siguen dando buena cuenta de lo importante que son para mí los objetos familiares.
Estos enseres hacen mi vida más completa. Sí, porque no sólo son objetos y muebles, son parte de nuestra historia, son vínculos, son recuerdos que hacen presente en nuestro día a día a aquellos que ya no están.
Sorprendentemente este vínculo también lo mantengo que absolutos desconocidos ya que mi amor por las piezas vintage va más allá de lo estrictamente familiar.
Las piezas con historia me fascinan, prefiero una taza desconchada a una taza en tendencia de una gran superficie y un mantel de hilo con algún desperfecto al último mantel de la cadena decorativa más deseada.

Disfruto buscándolos, disfruto cuando aparecen por sorpresa o cuando alguien se acuerda de mí y me pregunta si los acogería.
Estas piezas hacen hogar, dotan de carácter una casa, las singulariza. Las aleja de casas en serie que casi no podrían llamarse hogares.




